“El Mundo” publica una entrevista con Jaime Lerner, asesor de Asuntos Urbanos de la ONU y arquitecto por la Universidad de Paraná (Argentina)
27 de enero de 2009

– Por primera vez, en 2008, el número de habitantes de las ciudades excedió al de las poblaciones rurales en todo el planeta. Además, ya existen 65 megápolis con más de 70 millones de habitantes cada una. ¿No le parece alarmante?

– Densidad y calidad de vida… Algunos creen que una cosa no puede ir unida a la otra. Sin embargo, Tokio tiene 14.000 habitantes por kilómetro cuadrado y, según he podido comprobar, ellos no se sienten atrapados en una lata de sardinas. Se asfixian por la contaminación, que es otro problema. A mí la densidad no me asusta tanto como la expansión descontrolada de la periferia urbana. Esa fuerza centrífuga crea enormes problemas de circulación vehicular, puesto que al comienzo del día todo el mundo se desplaza en una dirección y al término de la jornada, en la dirección contraria. La tranquilidad que brindan los suburbios durante los fines de semana se paga con altos niveles de estrés durante las horas punta, que se prolongan cada vez más. Y otro asunto de enorme importancia es la necesidad de inversiones adecuadas para las infraestructuras imprescindibles.

 

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– ¿Qué propone usted para contener la expansión de las ciudades?

– Repoblar las viejas zonas céntricas. No hablo de los cascos históricos, sino de los antiguos núcleos urbanos que tras el éxodo de sus ocupantes hacia los espejismos de calidad de vida, se convierten en barrios fantasmas, donde el delito campa a sus anchas. En algunas ciudades, como Santiago de Chile, se subvenciona a quienes compran o alquilan un apartamento en el centro. Muchos matrimonios jóvenes han optado por esta solución y, créame, no hay nada mejor que los jóvenes para resucitar zonas moribundas.

 

– ¿En qué consisten la acupuntura urbana, esa práctica que usted a exportado a varios países?

– En el corazón de Sao Paolo existía un barrio céntrico lleno de encanto -el barrio de la Luz- donde se reunían escritores y artistas de todo tipo. Como resultado del abandono, el lugar se transformó en un antro de droga conocido como Cracolandia, por el crack, un derivado barato de la cocaína. La acupuntura en este caso consiste en restaurar un edificio para alojar artesanos y otro para pequeñas empresas de alta tecnología. Con la apertura de una nueva vía, el barrio de la Luz quedará articulado a la pinacoteca, a la Universidad Libre de Música y a un parque de esculturas. El mismo tipo de intervención rápida, de bajo coste e indolora lo estamos aplicando en Moscú, La Habana y Luanda (Angola), por citar otros ejemplos. Con un poco de imaginación y de voluntad de parte de las autoridades, se consiguen efectos superiores al de una cirugía estética.

 

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– Hay una cuestión de orden existencial que quizás nunca pueda ser resuelta: es que muchos perciben la ciudad como un hormiguero cruel y frustrante que anula su propia identidad.

– La ciudad como un ente fuera del control de los hombres, disparada por su propia dinámica en una carrera hacia la hecatombe, es un motivo que se refleja en la película Blade Runner o en la novela Manhattan Transfer (John Dos Pasos). Yo opino que esa percepción no está vinculada a las dimensiones de una ciudad, como a la pérdida de sus señas de identidad. Por eso, junto con el patrimonio histórico -una catedral, un monumento-, se debe conservar el patrimonio sentimental que puede ser un viejo almacén, una antigua fábrica. Aquello que pasa desapercibido a los ojos de un turista, pero que hace al sentimiento de pertenencia del lugareño. Destruir esos referentes es como rasgar el retrato de nuestra familia.

 

Agentes: Jaime Lerner