30 de marzo de 2026

Luis del Olmo Antoni Gaudí

[SCALAE]
Entrevista a Gaudí
Entrevista friccionada (dramatización radiofónica):
Luis del Olmo conversa con Antoni Gaudí (voz de Arseni Corsellas).
2002, programa «Protagonistas» Onda Cero / Onda Rambla

…te quiero distraer el viaje con esta grabación radiofónica que acabo de rescatar de los archivos (dura 35 min).
Aprovechando que este año se celebra el centenario de la muerte de Gaudí, concretamente el 10 de junio con la visita del Papa a la Sagrada Familia para inaugurar la torre de Jesús, creo que sería muy interesante difundir entre nuestro ámbito profesional la grabación. Su título es «Entrevista a Gaudí» realizada dentro del programa «Protagonistas» de mi hermano en el año 2002, por la cual la Cadena SER otorgante de los Premios Ondas le concedieron una Mención especial (Luis obtuvo un total de siete Premios Ondas y esta Mención al programa, el primero en 1971 y el último en 2012).

Como podrás escuchar el guion está muy bien documentado y la voz grave y seria de Arseni Corsellas (Gaudí) nos hace revivir la figura profesional de nuestro insigne colega que, dicho sea de paso, hubiera alucinado con la gran ayuda existencial que la actual Hermandad Nacional de Arquitectos le hubiera supuesto –esto da para otro guion radiofónico–

Javier del Olmo, arquitecto

también en YouTube >>> https://youtu.be/ffZU5Mx4dE0

[TRANSCRIPCIÓN]

16 Mayo 2002 «Protagonistas», Onda Cero / Onda Rambla

Luis del Olmo:
Se cumplen 2 meses desde que en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, su majestad la reina, el presidente de la Generalitat y el alcalde de la Ciudad Condal, inauguraron oficialmente el Año Internacional Gaudí para celebrar el 150 aniversario del nacimiento del arquitecto catalán. Un año en el que más de 20 ciudades como Barcelona, Reus, León, Madrid. Astorga, Nueva York, Roma o Múnich acogen un total de 167 actividades dedicadas a la figura más universal del arte catalán. Una figura cuya obra cumbre, la Sagrada Familia, fue visitada el año pasado por más de un millón y medio de personas.


Por una casualidad de la semántica, Gaudír significa en catalán disfrutar, contemplar los mundos de piedra gaudinianos. Es precisamente disfrutar de una magia que se manifiesta en líneas y colores imposibles, hermosos, únicos.
Otra magia, la de la radio, nos va a permitir vivir una experiencia única, trasladarnos hasta un día como hoy, 16 de mayo, pero de hace 76 años, cuando el llamado arquitecto de Dios vivía sus últimos días a pie de obra de la Sagrada Familia, con la ayuda de Arseni Corsellas.

El maestro nos va a recibir en su estudio taller. Será el tributo de Protagonistas a Gaudí, realizado con todo respeto y el respaldo de muchas horas de estudio de la vida, el pensamiento y la palabra del arquitecto de Reus. Señoras y señores, amigos, oyentes de protagonistas, Antonio y Gaudí nos espera en su taller. Les invitamos a que nos acompañen en este viaje en el tiempo.

+ + +

 

Barcelona, 11 de la mañana del lunes 16/05/1926. Para cruzar la calle Mallorca hemos de sortear a numerosos forte negros y algunos hispanos Suiza que pasean su majestuosidad por un ensanche en el que los huertos todavía plantan cara a los constructores de casas. Los tranvías circulan con parsimonia por entre los carruajes de reparto arrastrados por 2 caballos. Cuyos cascos retumban sobre los adoquines.


Frente a nosotros, los andamios más famosos de la ciudad condal.


Llegamos a una valla de madera. Junto a ella, algunos ciudadanos escalan con la mirada la primera de las torres del templo, la de San Bernabé, coronada hace poco más de 1 año. Tras cruzar la valla, caminamos unos pasos por entre el hervidero de obreros, subimos unas escaleras de madera. Hemos llegado al taller Vivienda de Antoni Gaudí. Abrimos la puerta.


La primera impresión que recibimos es un agradable olor a eucalipto. Vemos una cama, una rústica mesa de escritorio y en el centro una estufa de petróleo coronada por un cazo lleno de agua y de hojas de eucaliptos, de donde procede el aroma. Es sorprendente la cantidad de planos que se amontonan por todas partes, enrollados sobre las mesas, desperdillados por el suelo, abiertos sobre caballetes de tijera del techo, cuelgan modelos de yeso de animales y personas, y un hatillo a cuadros pende inexplicablemente de una lámpara de pie ante un pupitre de doble tablero inclinado, un hombre pobremente vestido de barba canosa.


Nos escruta con dos ojos de canicas de vidrio azul, como alguien lo describió, los ojos mediterráneos de Antoni Gaudí, el arquitecto de la Sagrada Familia.

Luis del Olmo: Buenos días, don Antoni.
Gaudí (Arseni Corsellas): Siéntese, si quiere.

¿Usted no se sienta?
No, yo trabajo de pie, tonifica los músculos.

¿Qué estaba haciendo ahora mismo, señor Gaudí? ¿En qué estaba trabajando, si se puede saber?
En el primer proyecto de la capilla de la Asunción. Estoy a punto de terminarlo.

Al entrar me ha llamado la atención ese atillo que cuelga de la lámpara. ¿Qué tiene ahí?
Es mi comida. La ponemos ahí para guardarla de los ratones.

¿No me diga que por aquí hay ratones?
Hay ratones por todas partes.

¿Le molestan cuando trabaja?
No. Tengo muy buena concentración, gracias a Dios.

Me dice que ya ha acabado el proyecto de una nueva capilla del templo. ¿Está usted satisfecho con el ritmo que llevan las obras, señor Gaudí?
Pues no mucho, la verdad. Está claro que si hubiera más dinero, iríamos más rápido. Afortunadamente, con la fachada del Nacimiento completa, será imposible dejar de continuar la obra.

La pregunta, señor Gaudí, que se formulan todos los barceloneses es: ¿cuándo se acabará la Sagrada Familia?
No lo sé. Aún queda mucho, pero la verdad no me preocupa. Los templos tienen la ventaja de que pueden ser concebidos a largo plazo, a través de los siglos y a través de los gustos personales de muchos arquitectos. Además, en el caso de la Sagrada Familia, mi cliente no tiene ninguna prisa.

Usted lleva dedicados 43 años al templo, los últimos 10 en exclusiva. ¿No se entristece cuando piensa que nunca lo verá finalizado?
Es que no lo verán acabado muchas generaciones. Los grandes templos no han sido nunca la obra de un solo arquitecto, sino que han crecido poco a poco. El Escorial, que por cierto parece una parrilla, lo comenzó Felipe II con ayuda de todo el oro de la época. Estuvieron trabajando durante todos los Austrias y, sin embargo, hoy en día aún no está acabado. Mire, los robles tardan años en ser grandes. En cambio, las cañas crecen rápidamente, pero en agosto el viento las abate y no se habla más de ellas.

Usted vive en este taller desde octubre de 1925, hace siete meses, cuando dejó su casa del parque Güell. ¿No se siente solo, señor Gaudí?
No estoy solo, sino rodeado de maravillas, como puede usted ver.

Yo me refería a la compañía humana. Nietzsche dijo que el hombre que vive solo o es un animal o es un monstruo.
Le contestaré que uno de los beneficios que Dios me ha concedido es el de la castidad. Además de los dones que reporta espiritualmente, nos preserva de muchas tribulaciones y amarguras. Una de ellas es la de no tener que sufrir la pena de quedar viudo.

Señor Gaudí, ¿me permite una pregunta? ¿Es usted un hombre feliz?
Hombre, feliz no, amigo mío. En este mundo el feliz siempre es el otro.

Todo el mundo opina que a sus 74 años cada día está más activo, que tiene usted una vitalidad envidiable.
Eso es porque llevo una vida sana. Me levanto muy temprano, me lavo con agua del tiempo y camino lo necesario, porque he llegado a la conclusión de que el total caminado durante el día debe ser de unos 10 kilómetros. Tengo la fortuna de que, a medida que los años debilitan mi cuerpo, siento más ágil el espíritu.

¿Es verdad que duerme con las ventanas abiertas, de par en par, incluso en invierno?
Sí. Tengo el sueño tan profundo que no me despiertan ni las tormentas, pese al ruido de los truenos. Me gusta el aire libre. Mire, ¿ve aquella parte del techo? Allí he ideado una cubierta articulada con contrapesos para poder trabajar al aire libre. ¿Sabe cómo llamo a ese taller? Jaula para cazar el sol.

Jaula para cazar el sol. Es un bonito nombre, jaula para cazar el sol.
Sí, y muy apropiado, se lo aseguro.

Dicen también, señor Gaudí, que es usted tan sobrio vistiendo que lleva un solo traje durante todo el año. ¿Eso es verdad?
Cuando irremisiblemente lo he de sustituir, mi ayudante Subrañes me compra uno nuevo. He simplificado mucho mi vestimenta; de hecho, ya casi ni llevo ropa interior.

¿Y no tiene frío?
No. En invierno me pongo papeles de diario debajo para que me calienten y me envuelvo los tobillos en vendas de lana.

Me da la impresión de que le importa muy poco su aspecto exterior, ¿no?
Con franqueza, me da igual parecer pobre.

¿Le da igual parecer pobre? ¿Y es pobre de verdad?
No tengo fortuna, si a eso se refiere. Tampoco tengo familia, ni clientes, y mis grandes amigos han muerto. Por eso puedo entregarme al templo.

Perdone, señor Gaudí, pero no me dirá que no tiene ni para un abrigo en invierno.
Ya le he dicho que no me hace falta. Mi amigo, el obispo Torres i Bages, que en gloria esté, decía que la mortificación del cuerpo es la alegría del espíritu. Y la mortificación del cuerpo es el trabajo continuado. Por eso yo nunca dejo de trabajar. Es el auxiliar más poderoso contra las tentaciones.

¿Contra la tentación de la ira, por ejemplo?
Ya sé por qué me lo pregunta. Reconozco que he dominado todos mis vicios menos el mal genio.

El poeta Josep Carner cuenta que, en una ocasión, doña Isabel Güell se le quejó porque, en la casa que usted le había remodelado, ya no cabía el piano de cola y que usted respondió: “Señora, pues toque el violín.” ¿Eso es verdad, señor Gaudí?
Así es.

La gente tiene razón cuando dice que tiene usted un pronto temible, muy mal genio, vamos.
Siento aversión hacia las discusiones estériles, de las que no surge la luz, sino el amor propio. Ya sabe lo que dice el refrán sobre el campo de Tarragona, donde yo nací: “Gent del Camp, Gent del llamp”, que quiere decir “la gente del campo es gente del rayo”.

Si yo le dijera, señor Gaudí -no sé si atreverme- que no me gusta nada, pero nada, una de sus obras, la de Casa Batlló, por ejemplo, ¿qué me respondería?
Que no está hecha para usted.

Señor Gaudí, también le acusan de ser excesivamente perfeccionista, perfeccionista hasta la saciedad. ¿Por qué nunca está contento con sus obras?
Mire, aquel que queda satisfecho de sus obras, que lo deje correr. Las grandes iniciativas solo se consiguen con grandes dolores. También ocurre con la religión. Un hombre sin religión es un hombre sin espíritu, un hombre mutilado. Pero la religión exige fuerza, virtud y esfuerzo.

Ya sabe lo que dice Marx, ¿no? Que la religión es el opio del pueblo. ¿Usted ha leído a Marx?
Lo que dice este señor son boberías. Como dijo Santa Teresa, boberías. El comunismo solo se da en las decadencias.

¿Pero lo ha leído? ¿Ha leído usted a Marx?
No

Hace años usted frecuentaba una tertulia, la del Café Pelayo aquí en Barcelona, donde se juntaban unos jóvenes que tenían fama de anticlericales.
No foti, no foti. ¿Cree que si yo hubiera sido anticlerical hubiera llevado a mi sobrina Rosita al colegio Jesús-María de Tarragona?

Maestro, usted de niño fue a los escolapios de Reus, ¿no? ¿Echa de menos aquellos años?
Echo de menos mi tierra. De niño yo estuve afectado de fiebres reumáticas y pasaba largas temporadas en el Mas de la Calderera, la casa familiar en Riudoms, donde en ocasiones me montaban en borrico, ya que no podía valerme por mí mismo. Esta enfermedad me impidió jugar con los otros niños, pero a la vez me estimuló la capacidad de observación de la naturaleza. ¿Quiere que le cuente una anécdota?

Desde luego.
Una vez, el profesor nos estaba explicando que las aves tienen alas para volar. En vista de que nadie le replicaba, yo le interrumpí para decirle que las gallinas tienen alas muy grandes y, sin embargo, no saben volar, sino que las utilizan para correr más rápido.

¿Y qué le contestó el profesor?
De eso yo no me acuerdo.

¿Recuerda, señor Gaudí, si de niño ya quería ser arquitecto?
Mi abuelo y mi padre, que en paz descansen, eran caldereros. De niño, yo me deleitaba viendo en su taller las formas helicoidales de los serpentines y las alveolas de las calderas de cobre. Eso hizo brotar en mí un concepto espacial de la arquitectura en tres dimensiones, y no en las dos de los planos, que es como aprenden los estudiantes de arquitectura.

Tengo una curiosidad, señor Gaudí. ¿A qué se hubiera dedicado si no hubiera sido arquitecto?
Hubiera sido constructor naval. Me gusta el mar. Es como ver el cielo dos veces. El mar es el gran camino que une a los pueblos, al contrario de las montañas, que los separan.
Luis, ¿usted ha leído el Quijote?

Sí, por supuesto.
Pues recuerde cuando Cervantes describe al Quijote de vuelta al Mediterráneo. Hasta ese momento, la ironía del autor hacia su héroe y hacia su propio país es sangrante. En cambio, los elogios hacia Barcelona, hacia la lengua catalana e incluso hacia el bandolero catalán son magníficos. Observe que Don Quijote no recobra el “seny”, la cordura, hasta que llega a las playas del Mediterráneo e inmediatamente después muere. La cordura no le deja vivir.

O sea, según usted, entonces el Mediterráneo cura a Don Quijote.
Le curan el Mediterráneo y también el sol, que es el gran pintor de estas tierras. Verá, Mediterráneo quiere decir “en medio de la tierra”. En sus riberas la luz llega a 45°, que es la que mejor define las formas. Por eso aquí han florecido las grandes culturas artísticas. No vaya usted a buscar arte en el norte, donde la luz es poca.

Bueno, señor Gaudí, pero los pueblos del norte también han creado cosas fantásticas, extraordinarias.
Pero no capitales. Con esa luz que les llega horizontalmente, más que el objeto, los nórdicos ven el fantasma del objeto. Por eso, la cabeza se les llena de fantasmas. En cambio, están muy dotados para la ciencia y la industria.

Entonces, si están dotados para la industria, no serán artistas, pero desde luego serán ricos.
Exacto, y como son tan ricos, lo que hacen es comprar nuestras creaciones y ponerlas en sus museos.

Dígame una cosa, don Antoni: ¿Gaudí hubiera sido Gaudí si no hubiera nacido en Cataluña?
Por ejemplo, si hubiera nacido en Castilla, no. Mire, la gente del centro es abstracta y la abstracción lleva siempre a los extremos. Por el contrario, como hijos del Mediterráneo, los catalanes somos gente de equilibrio y nos acomodamos a todas las situaciones, incluso a las de violencia. De manera que los del centro no tienen nuestras cualidades, pero tampoco nuestros defectos. Es difícil la soldadura entre los dos pueblos.

¿Qué quiere decir? ¿Por eso no ha hecho usted ninguna obra en Madrid, por ejemplo?
No la he hecho porque no me han llamado, la verdad. Pero me hubiera gustado que me la encargaran para poderla hermanar con los bellos obeliscos del puente de Toledo.

(De la mano de la fantasía, de la mano de la imaginación, amigos oyentes de protagonistas Onda Cero, estamos «entrevistando» a don Antoni Gaudí, 150 años después de su nacimiento.)

Señor Gaudí, veo encima de esa cama unos diarios. ¿Usted lee el periódico cada día?
Sí, señor.

¿Y qué opina del actual régimen, el Directorio de Primo de Rivera?
Bah, Los militares dicen que el pueblo lo que quiere es una dictadura ilustrada. Pues no, señor, ni ilustrada ni sin ilustrar, porque una dictadura sirve un momento, pero no puede durar. Una dictadura es un puente entre dos soluciones de gobierno, y la gente en los puentes no vive, solo pasa por ellos.

A usted la policía le metió en la cárcel en una ocasión. ¿Cómo fue aquello? ¿Por qué no nos lo cuenta?
Fue el 11 de septiembre de hace dos años. Dos policías quisieron prohibirme la entrada en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, donde se celebraba una misa por los patriotas catalanes de 1714, y yo les grité en catalán, por supuesto, que ahí solo me prohibía la entrada el señor obispo. Así que me enviaron a prisión. Pero, afortunadamente, unos amigos me sacaron al cabo de pocas horas.

A lo mejor los policías no entendían el catalán, ¿no?
Bah, tonterías. El catalán, si se habla despacio, todo el mundo lo entiende. Yo no soy separatista, pero mi lengua es el catalán, ¿comprende?

No sé por qué, señor Gaudí, pero me parece que hubiera resultado usted un buen político. ¿No le hubiera gustado dedicarse a la política?
Ya me lo propusieron Prat de la Riba y Cambó, que me presentara para concejal o diputado. Pero les dije que no, que yo quería trabajar para Cataluña en mi campo: la arquitectura.

Señor Gaudí, usted ha fundido la montaña y los caminos en el parque Güell, ha recreado el fondo marino en la Casa Batlló, ha escrito un cuento de piedra en El Capricho de Comillas, ha dado un nuevo sentido al gótico de la catedral de Palma. Dígame, ¿qué es para usted la belleza?
La belleza es el resplandor de la verdad. Sin verdad no hay arte; por eso el resplandor del arte seduce a todo el mundo. El amor a la verdad debe estar por encima de cualquier otro amor.

Por ese amor a la verdad, quizá, no quiso hacerse político, ¿no?
Pues no me lo había planteado así, pero, a propósito de su pregunta sobre la belleza, le explicaré un hecho. Un día me dijeron que mi amigo, el obispo de Astorga, estaba enfermo y que quería verme. Cuando le visité, enseguida comprendí que el obispo estaba enfermo de muerte. ¿Sabe usted por qué? Porque le encontré tan bellamente transformado que me vino la idea de que no podía vivir. Era hermoso, demasiado hermoso. Las líneas de la cara, el color, la voz, ya no tenían relación con las cosas. Demasiado hermoso, sí, señor. Y la belleza perfecta no puede vivir. Porque la cualidad esencial del arte no es la belleza, es la armonía.

Señor Gaudí, vamos a cambiar de tema. Se ha comentado que en sus obras, principalmente la Sagrada Familia, incluye usted símbolos masones. ¿Es verdad?
Mire, cada cual ve en mi obra lo que quiere ver. En la Sagrada Familia, los payeses ven a las gallinas y el gallo; los científicos, los signos del zodíaco; y los teólogos, la genealogía de Jesús.

Entonces -y perdone que le haga la pregunta tan directa-, ¿no es usted masón?
Creo que ya le he contestado.

Descríbame un monumento dedicado a Antoni Gaudí. ¿Cómo sería ese monumento?
No quiero monumentos. Los monumentos se hacen para conmemorar actos de abnegación y de sacrificio que pronto serán olvidados. Pero a los artistas no se les debe hacer monumentos, porque ya los tienen hechos con sus obras. La Casa Milà, por ejemplo, es un monumento a la Virgen del Rosario. Ese es el tipo de monumentos que hacen falta.

Ahora que la menciona usted, los dibujantes de la prensa hicieron su agosto con la Casa Milà. En un chiste un niño pedía por Pascua una mona como la casa, otro dibujante convirtió la Pedrera en un garaje de dirigibles. Hay quien dijo que parecía una casa para dragones. ¿Cómo le sentaron a usted esas críticas?
Los críticos deberían decir que solo se llega arriba mediante el esfuerzo, pero no pueden decirlo. ¿Sabe por qué? Porque casi siempre son artistas fracasados. Quien escucha a los críticos está perdido. Yo creo que solo hay un tipo de hombres que tenga derecho a decir tonterías: los tontos.

Dicen que a quien no le gustó nada la Casa Milà fue a la señora Milà, la esposa del propietario. Y no me extraña, porque me imagino su cara al ver la inscripción que usted había pintado en el tocador, aquella que decía: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.”
Es la verdad.

¿Pero comprende el enfado de la señora Milà?
No es cosa mía.

Se ha topado usted con conflictos en casi todas sus obras. Me vienen a la mente, por ejemplo, el Palacio Episcopal de Astorga. ¿Por qué lo dejó a la mitad?
Porque, tras la muerte inesperada del obispo Grau, que me había contratado, reñí con los canónigos y dimití. Un señor de esos muy entendido en planos quiso continuar el palacio y provocó varios derrumbamientos. Así que el obispo Alcolea vino a Barcelona para convencerme de que volviera, pero yo ya estaba enfrascado en la Sagrada Familia y rechacé la oferta. Aun así, estoy muy satisfecho del uso que le di al granito blanco del Bierzo. Y no fue fácil, porque es muy duro. Hermoso, sí, pero muy duro.

Y, sin irnos muy lejos, cuando se encargó de la Casa Botines en León, ¿no le intimidó tener tan cerca la enorme catedral, la Pulchra Leonina?
Pues no. Las alabanzas que se han hecho del gótico han sido siempre literarias, como encarnación del romanticismo. Dese cuenta de que una construcción gótica adquiere su máxima expresión en ruinas, medio cubierta de hiedra y a la luz de la luna; o sea, cuando no se ve casi nada.

Bueno, señor Gaudí, pero no me diga que una catedral gótica no le impresiona, como nos impresiona a todos.
Sí, pero ahí fuera, en el jardín, hay un eucalipto. Pues él es mi maestro. Si mira su tronco, verá cómo se resuelve con gracia en las ramas y acaba en las hojas. No tiene necesidad de contrapesos, de arbotantes ni de contrafuertes. Los edificios góticos son cuerpos defectuosos que se aguantan con muletas.

Entonces, ¿a usted qué edificios le gustan? ¿Cuál es su estilo preferido?
Me gustan mucho los edificios de Venecia y de Génova, esos monumentos hermosísimos nacidos al amparo del comercio, que siempre ha sido protector de las artes. También me gusta la catedral de Tarragona y, por supuesto, el arte clásico. Me maravilla que los templos griegos eran de un mármol cristalino, como el azúcar transparente, de una hermosura nada vulgar y, sin embargo, ellos no dudaron en pintarlos: les dieron color y, por tanto, vida, como yo hago con mis edificios.

Señor Gaudí, le voy a recordar unos versos: “Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido. Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores ni temeré las fieras.” ¿Lo reconoce?
Sí, señor. Pertenecen al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Me los leía un religioso de Castilla la Vieja en el hotel Europa de Puigcerdà en 1911, cuando me recuperaba de unas fiebres de Malta. Me dieron fuerzas para dibujar la nueva fachada que haremos en el templo: la de la Pasión.

¿Cómo será? ¿Puede describírmela, señor Gaudí?
Quiero que dé miedo.

¿Miedo?
Sí. No escatimaré el claroscuro, los salientes, el más tétrico efecto. Quiero dar una idea de cómo es de cruel el sacrificio. En contraste con la del Nacimiento, ornamental y turgente, la fachada de la Pasión será pelada, como hecha de huesos; expresará el dolor de la vida.

¿Y por qué no empezó la Sagrada Familia por ahí?
Por Dios, no. La gente se hubiera asustado.

Señor Gaudí, el sentido principal de un arquitecto es la vista, pero le pregunto por otro sentido, el del oído. ¿Cuál es su música? ¿Qué música acompaña mejor la sinfonía de piedra de este templo?
Sin duda, los coros de la liturgia. En las procesiones no debería haber soldados vigilando, sino orfeones cantando. En el cielo todos seremos orfeones.

Maestro, ¿cuál es el mensaje que quiere enviar a través de la Sagrada Familia? ¿Qué quiere expresar con este templo único en el mundo?
El mensaje de la divinidad, el sentimiento de la divinidad con sus infinitas cualidades y sus infinitos atributos.
¿Sabe cómo será el interior de la Sagrada Familia?

No me lo imagino.
Como un bosque, el lugar más amplio y, a la vez, más íntimo de la tierra. El nuestro estará hecho de pilares helicoidales que se proyectan hacia arriba sin acabar, como la eternidad; como la vida espiritual de las almas que contemplan a Dios, que es el ser infinito. Quiero unir el cielo y la tierra en la Sagrada Familia. Por eso el primero de los campanarios, el de San Bernabé, es tan alto. El resplandor del mosaico es lo primero que verán los navegantes al llegar a Barcelona. Será una bienvenida radiante. Los navegantes sabrán que llegan a una tierra capaz de cantar las exigencias de Dios, capaz de comprender que la originalidad consiste simplemente en volver al origen.

Usted tenía 31 años cuando le encargaron la Sagrada Familia y hoy, cuatro décadas más tarde, sigue tan ilusionado y tan convencido que no se le caen los anillos por ir en persona a pedir dinero a sus conciudadanos. ¿Alguna vez le han dicho que no?
Pues algunas veces. ¿Qué le vamos a hacer? Ahora que lo menciona, recuerde que una vez pidiendo un donativo le dije a quien se lo había pedido que hiciera ese sacrificio, pero el interpelado me respondió: “Con mucho gusto, pero no es ningún sacrificio.” Entonces insistí para que aumentara el donativo hasta sacrificarse. Porque, mire usted, la caridad que no tiene el sacrificio como base es simple vanidad.

¿A quién suele pedirle usted?
A los comerciantes.

Deben temblar cuando ven que se les acerca.
Bueno, pero es por el bien del templo.

Antes me decía que Gaudí no hubiera sido Gaudí si no hubiera nacido en Cataluña. ¿Hubiera sido usted el mismo si no hubiera conocido a su amigo y cliente Eusebi Güell?
No. Don Eusebi era un gran señor, un espíritu principesco, como los Médicis de Florencia o los Doria de Génova, que me apoyó contra viento y marea. Mire, en cierta ocasión, don Eusebi y yo estábamos observando cómo colocaban un escudo cilíndrico de Cataluña hecho de hierro batido en la fachada del Palacio Güell, en la calle Nou de la Rambla. Entonces pasaron dos transeúntes que comentaron que aquello era muy raro y muy feo. Don Eusebi les respondió: “Pues ahora aún me gusta más.”

Debió sentir mucho la muerte del señor Güell, después de más de 40 años de relación.
Claro, mucho.

¿Y a usted, señor Gaudí, le asusta la muerte?
Pues la idea de la muerte no se puede separar de la idea de Dios. Por eso, mientras yo vea que la gente se muere, más creeré en la inmortalidad. Por lo demás, mi padre murió a los 93 años. Es probable que yo también posea su longevidad.

Maestro, me han dicho sus ayudantes que come usted pronto, así que iremos acabando la entrevista porque sé que le espera su hatillo. Por cierto, ¿qué tiene hoy para comer?
Mis comidas son frugales. Con la edad, las fuerzas escasean y no hay que malgastarlas con digestiones laboriosas. Verduras, pan integral, yogur y mucha fruta, que es el mejor regulador intestinal.

¿Y no toma un cafetín después?
No. El mejor estimulante que conozco es el sol. El café y el alcohol solo golpean el organismo.

Estoy seguro de que muchos de sus obreros no piensan lo mismo, ¿no cree?
Yo también estoy seguro, sí, pero por suerte está el porrón.

¿Cómo, el porrón?
Mire, Cataluña sería un país de borrachos si no fuera por el porrón.

Señor Gaudí, permítame dos últimas preguntas. Dice la historia que, después de haber pintado al Jesús de la Santa Cena, Leonardo da Vinci lloró porque no le había salido como él deseaba. ¿Ha llorado usted alguna vez contemplando la Sagrada Familia?
No, pero me lamento cuando pienso en las cosas tan bonitas que haría si tuviera suficientes medios económicos para hacerlas.

Antes me definía qué es la belleza. Quiero hacerle ahora esta última pregunta: ¿qué es la arquitectura para Antoni Gaudí?
La arquitectura es la ordenación de la luz.

Gracias, señor Gaudí.

+ + +

Luis del Olmo:
En cierta ocasión, durante una huelga general, Antoni Gaudí cruzaba una calle mientras a su alrededor sonaban disparos. Cuando su acompañante le indicó que corría peligro, el arquitecto le respondió que no se preocupara, que las balas no llevan dirección como las cartas. 3 semanas después de esta entrevista imaginada, Gaudí, el hombre que no le temía la muerte, dejaba el templo para dirigirse a la iglesia de San Felip Neri.

Era el 07/06/1926. A las 6:00 de la tarde, el arquitecto cruzaba la Gran Vía, atravesada por 2 líneas de tranvía. Iba a pasar por la segunda de ellas, cuando por algún motivo se echó hacia atrás. Y fue golpeado por el tranvía que circulaba a sus espaldas. Tras el accidente, 3 taxistas se negaron a llevar a aquel anciano malherido con aspecto de mendigo, por temor a que les manchara de sangre la tapicería.


Tras 3 días de agonía, el arquitecto moría en la tarde del 10 de junio.


Hoy, aquí en «Protagonistas», con la ayuda de Arseni Corsellas, hemos revivido a un hombre singular que ya de joven provocó la consternación de Rogent, Elías Rogent, director de la Escuela de Arquitectura, tras dar el título a Antoni Gaudí en 1878, comentó Elías Rogent: «No sé si hoy hemos dado el título de arquitecto a un loco».
O a un genio con un trabajo exhaustivo de nuestro compañero Carlos Luria, con la intervención de Arseni Corsellas.


Arsenio, muchas gracias de verdad, ha sido fantástico. Estoy, te estoy tan agradecido y estoy seguro que los oyentes, a través de tu voz, se han perfectamente identificado con aquel genio, Gaudí.
Un placer colaborar contigo, maestro,


Un fuerte abrazo.
Continuamos en protagonistas onda CERO

Luis del Olmo Marote (Ponferrada, 31 de enero de 1937) es un periodista y locutor de radio español. Durante 44 años dirigió y presentó el programa radiofónico Protagonistas, el más longevo en la historia de la radio española con más de 12 000 programas, que se inició en 1969. [wikipedia]