Síntomas y diagnósticos de un cambio (XI)
10 de junio de 2009

Si al revisar nuestras instituciones consideramos tradición, actualización e innovación como los tres estadios que permiten pulsar su esencia y destinos necesitaremos poder distinguir con claridad la distancia entre actualización e innovación. A modo de ejemplo es posible mencionar la llama de gas como actualización de la tradicional vela, por lo que la bombilla eléctrica es la innovación en ese linaje. La innovación, en consecuencia, trae nombres nuevos. O por decirlo de otro modo, mejor, detectamos la innovación cuando los nombres para «aquello» todavía no existen. De hecho cuando algo adopta un nombre pasa de inmediato a poder ser considerado como un elemento de tradición. Así le ocurre a la bombilla eléctrica.
En esa lógica existen denominaciones que parecen escaparse, escurridizas, a saber: «arquitectura» y «arquitectos», pero sola y tradicionalmente cuando se consulta su definición a personas relacionadas con la producción de arquitectura o, últimamente, con su legislación. Si preguntamos a la ciudadanía discreta con toda probabilidad hablarán sin dudarlo de arquitectura como «el patrimonio construido» y de arquitectos como «las personas que producen la arquitectura: los autores responsables de la arquitectura». La gente lo tiene claro.
Y si seguimos escuchando notaremos que se nos explica, desde fuera de la arquitectura, la tradición, la actualización y la innovación como una misma cosa cuando se habla de arquitectura. Es decir: la ciudadanía, incluso sus representantes electos, confía en que la arquitectura no abandone ninguno de los tres estadios, que persista en la personificación de los tres a la vez. La «arquitectura» y los «arquitectos» son tradición, actualización e innovación a la vez a los ojos de los no arquitectos.
Lo es en la prensa, lo es en la literatura de superventas y de masas, lo es en los estereotipos tópicos de series televisivas…
Pero hoy pensábamos en los colegios «de arquitectos», que por esa limpieza de los nombres quizás pronto pasen a denominarse «de arquitectura». Pensábamos en su sistema de visado, no tan viejo, pero discutido en su utilidad y agotado en su crédito si leemos los comentarios distribuidos aquí y allá por los arquitectos noveles (*) y, también, si atendemos las estadísticas de ingresos económicos de los Colegios. El visado es el vínculo que los Colegios ofrecen a los promotores de arquitectura y a los propios arquitectos. El visado es la pura esencia colegial.
La cuestión sería entonces: si el visado es la vela, ¿cómo imaginaríamos y denominaríamos a la bombilla?

El visado, más allá de su circunstancia administrativa, legal y económica, constituye el ritual de relación entre los Colegios de Arquitectos y las personas promotoras de arquitecturas. Retirar un proyecto visado es, cuando ocurre, la única ocasión en que una persona no arquitecta se acerca a un Colegio de Arquitectos. Sin embargo tal parece que ahora el visado es una reclamación de los Colegios a los colegiados. De hecho resulta notorio cómo en las negociaciones de honorarios es este un asunto que en muchas ocasiones queda a cargo directamente del colegiado, ni se negocia, se sobreentiende. El visado es una ocasión perdida, entonces.

Y quizás no debemos preocuparnos más en mejorar el visado, con ese nombre. Es la vela. Será mejor y más práctico pensar en qué es lo que ha de motivar a los no arquitectos en su vinculación con los arquitectos como para recuperar su relación, usar nuevos rituales quizás participativos y acercarse al colegio. La cuestión entonces no es cómo y por qué los arquitectos se han de acercar al colegio sino cómo y por qué los no arquitectos recuperan su relación con lo que ofrece el colegio. Cambiar Visado por Valencia, quizás. Cambiar un concepto «uno», que sólo valida lo que corresponde al arquitecto por un concepto «muchos», que verifica y da valor a la arquitectura y a todos y cada uno de los agentes que legalmente podrían intervenir en su producción.

Hipótesis: Un promotor de arquitectura le dice a otro: ayer pasé por el Colegio de Arquitectura y Arquitectos y obtuve finalmente las valencias para el proyecto que he puesto en marcha. Doce, me han dado doce. He tenido que esforzarme pero a cambio sé que la tramitación municipal irá ligerísima y, además, han catalogado el proyecto por tener más de diez valencias. Qué bien, porque una de ellas corresponde a la sección medioambiental, otra a la ingeniería de telecomunicaciones y otra a la documentación para mantenimiento de usuarios que había preparado la asesoría documental y ¡no las tenía todas conmigo! Además, como sabes, tener más de diez valencias supone compensaciones fiscales tremendas y estar catalogado supone que los autores arquitectos ofrecerán una charla en la sala de actos presentando públicamente el proyecto, que luego podrá verse en internet junto con la documentación y los planos. ¡Fenomenal!

(*) Esta reflexión se podría haber orientado al análisis sobre lo que en la actualidad supone el visado y en el modo en que afecta a la sensibilidad de los propios arquitectos. Preferimos dar voz a quienes ya se expresan sobre ello y remitirnos, por ejemplo, a manifestaciones espontáneas y sinceras como la de Julen Asua y Nieves Merayo, Multi[do] que, en el fondo, se resumen en el acuerdo colectivo por la reclamación de «algo» que venga a dar un nuevo sentido a la relación con los colegios, que tenga características de ritual y que, cuando menos, ya no se llame «visado».

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